La tarde que sacudió Quito: Ilegales y la catarsis de una generación
- cann1983om
- 22 ene
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REQUIEM
Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.
En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre
algo aún será: ceniza en la mesa
o alimento para el vino.
Los bárbaros no miran a los ojos cuando hablan.
Como una mujer al fondo del recuerdo
yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.
Leopoldo María Panero
Año 2001, Plaza de Toros Quito. Habían pasado 14 años desde la primera visita de la banda de rock español los Ilegales. Nadie imaginaba que la tarde del 4 de agosto del 2001 se convertiría en uno de los conciertos más emblemáticos y caóticos en la historia del rock ecuatoriano.
Aquella tarde el aire ya se presentía cargado, no sólo por la tensión del pre concierto que se respira en cualquier evento que promete estar lleno hasta el tope, sino por algo más visceral: la urgencia y ansiedad de toda una generación entera por gritar su descontento. Era el 2001, Ecuador tal como ahora sigue curando heridas profundas, crisis económica, corrupción, inestabilidad política y en ese momento una dolarización reciente, en este escenario social y por supuesto musical, los Ilegales no eran sólo una banda de rock español. Eran el himno de quienes se niegan a encajar.
Pero para entender esa tarde hay que hacer memoria y retroceder 14 años. En 1987, año en el que Jorge Martínez piso por primera vez la ciudad de Quito junto a los Hombres G en el mítico escenario de la Chorrera, el legendario vocalista aún lucía cabello y fuego en cada acorde de guitarra. Aquel primer concierto quedó grabado en toda una sociedad: hubo rumores de peleas entre bandas, botellas de whiskey vaciadas de un trago en el escenario, la prohibición de tocar "Eres una puta". Leyenda urbana y realidad se mezclaron hasta volverse inseparables
Pero, desde 1987 hasta el 2001 pasaron los años y con ellos una nueva una nueva generación se apropió, a su vez, de la música.
Las y los jóvenes que vivieron la época de Abdalá Bucaram, quien hace 5 años atrás había satanizado el rock y perseguido a todos los que se atrevían a portar el cabello largo. En ese contexto represivo, las letras directas, retadoras y provocadoras de Jorge Ilegal no eran solo música: eran oxígeno puro.
Hola mamocete, princesa equivocada, eres una puta; fueron parte del repertorio de esa tarde. No hubo sentimentalismo y mucho menos cursilería. Sólo una cruda verdad de quienes ven el mundo desde los márgenes, los Ilegales siempre representaron la autonomía y la libertad junto con el hacer ruido cuando te piden hacer silencio.
Las expectativas para ver a los Ilegales en el 2001 fueron muy altas, para la gran mayoría era la primera vez que podía ver a sus héroes en vivo, Pero, hubo un detalle bastante curioso, en el cartel se anunciaba que la banda Verde 70 abriría el show de los Ilegales.
La decisión de la organización de elegir a esta banda parecía no tener sentido en lo absoluto. Verde 70 fue y es una gran banda, pero, era lo opuesto a todo lo que representaba los Ilegales. Música para la gente bonita, letras sobre desamores y relaciones fallidas, rock pop sentimental que sonaba en lugares donde no entraba el descontrol. ¿Qué hacían ahí, frente a un público que venía sediento de crudeza y rebeldía?
La respuesta fue la que todo el público de esa época esperaba. Verde 70 nunca tocó. Y creo probablemente fue la mejor decisión que pudo tomar la banda. El público no estaba ahí para cantar desencuentros románticos ni suspiros de amor. Estaban ahí para destruir, para gritar los himnos de Ilegales, para vivir en carne propia una catarsis colectiva que sólo el rock de cepa puede ofrecer.
Lo que vino después fue caos y belleza. En medio del show la policía, en un acto que después el mismo Jorge Martínez describiría absurdo y bastante frecuente, arrojó gas lacrimógeno al público. El malestar y la incomodidad de estas acciones pudo haber desatado una estampida, pero Jorge, con su característica lucidez acida, tomo el micrófono y con voz desafiante y serena e hizo entender a los no muy brillantes uniformados que, si no se puede respirar, es muy difícil cantar, y si él no cantaba, de ahí no salía vivo nadie.
Como efecto de quien sabe lo que hace y dice, el uso de gas se restringió y el concierto continuó.
Aquella tarde, rockers y punks, dos escenas que en ese tiempo aún se miraban con recelo desde dos veredas opuestas, cantaron juntos. Todo el publico fue uno solo bajo la distorsión de la guitarra y la voz ya rasposa de Jorge Martinéz quien continúo recitando verdades incómodas. Era la banda sonora de una época de incertidumbre, el grito de quienes no cabían en los moldes y no querían caber.
Los Ilegales regresarían varias veces más al Ecuador, repitiendo en cada presentación la misma intensidad y ferocidad. Pero es que el 2001 tuvo una magia especial, fue el reencuentro entre una generación y sus referentes, el momento en que la juventud pudo escuchar sus himnos de vida y confirmar que sí, que esa rabia y esa libertad eran posibles.
Varios años después el gran Jorge Martínez, en una entrevista recordaría aquella tarde, antes de la separación temporal de la banda, como profundamente emotiva. "Yo creía que era la última vez", confesó. Y agregó, con esa filosofía punk que lo define: "Yo no fotografío la vida, porque nadie vuelve. No hay posibilidad de regreso".
Ahora que Jorge Martínez ha dejado este mundo de lado, aquella tarde en la Plaza de Toros de Quito cobra una dimensión distinta. Aquella vez no fue solo un concierto, fue el testimonio de que hubo un tiempo en que la juventud ecuatoriana peleó desde una trinchera cultura, buscando la forma y la manera de encontrar y ver un mundo diferente, fue una prueba viva de que, en medio del caos, los gases lacrimógenos y la música distorsionada se encontraron formas de sentir libertad.
Es que Jorge Martínez fue como el vino de varias generaciones que bebieron de su rabia más lúcida, de su negativa a doblegarse, él sabia que los que imponen la moral y las reglas sociales no miran a los ojos cuando hablan. Por eso él siempre lo hizo directo, sin complejos, sin máscaras. Quizás por eso Los Ilegales nunca necesitaron baladas. Tenían algo mejor: la certeza de que algunos nombres, aunque parezcan muertos, siguen vivos en cada acorde distorsionado que se niega a callar.
R.I.P Jorge Martínez, obrero del rock, cantando siempre desde el borde






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